Hay dos tipos de resurrección: R1: Lázaro vuelve a la vida. R2: Jesús vuelve, no retorna, a una vida nueva.
R1. Es con el mismo cuerpo. Todo
el mundo puede ver a la persona resucitada. Es reconocible por cualquiera que
lo haya conocido vivo.
R2. Un cuerpo glorioso. Solo se
muestra en apariciones. Es el mismo, pero no lo mismo. Se mantiene la
forma corporal, la voz, va vestido, se muestra el rostro, las manos y los pies.
Puede tomar alimento.
Si Jesús hubiera tenido una R1
nada habría cambiado. Todo más o menos seguiría igual, y vuelta a empezar.
Las R1 son hechos históricos.
El sepulcro vacío es un hecho
histórico porque habría sido perceptible para cualquier testigo de buena fe.
Con respecto a la R2 son
históricos los testimonios de quiénes han visto al resucitado. No lo puede
percibir cualquiera. El hecho en sí mismo ocurre en la historia.
Si la R2 no ha sucedido vana es
nuestra fe. En caso contrario, vano y banal es -casi- todo lo demás.
Jesús puede hacer cuantas R1
quiera. El Padre es quien realiza la -y las- R2.
Jesús (R2) cuando se aparece se
deja tocar y palpar. Prepara pescado a la brasa. Parte el pan. Habla con la
misma voz. Va vestido. Camina. Se sienta a la mesa. Su aspecto es muy distinto
porque les cuesta reconocerlo (anagnórisis). Su presencia es más
imponente todavía que en la transfiguración.
Es pura Presencia.
No hace prodigios. Pero sus
preocupaciones siguen siendo las mismas: servir, atender, acoger, sostener. No
habla de sí mismo ni de su experiencia única e inconcebible. Los
testigos no preguntan: se dejan querer.
Sigue siendo todo muy corpóreo. Es
una apología de lo Corporal. No es nada místico. No es un espíritu.
Nadie, después de las apariciones
consignadas en los evangelios, le ha vuelto a ver.
Vivimos en su Ausencia. El
sepulcro vacío.
Pablo fue el último que le oyó,
no lo vio.
R2 es solo comparable a la creación
del mundo. En griego: “ἅπαξ” (hápax) hace referencia a
algo irrepetible.
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