Inesperadamente, ya viejo, sintió el deseo de encender dos velas poco antes de la puesta de sol del viernes. (Una voz interior le susurró que eso se hace cuando comienza el Sabbat.)
Y, entonces, su memoria viajó hasta los viernes del curso 1958-1959 en un barrio muy pobre del arrabal madrileño.
La abuela (viuda) tenía, precisamente, esa costumbre. (La abuela, por cierto, nunca iba a la iglesia del barrio, por entonces muy concurrida.)
Todos los viernes al caer la tarde encendía dos velas que mantenía encendidas hasta el atardecer del siguiente día. (¡Esta mujer un día nos va a quemar la casa!)
Al niño, sin embargo, le gustaba mucho ese rito incomprensible para él y le disgustaba que criticaran a la abuela por ello.
El niño se hizo mayor y le llamaron a filas. Eso suponía que le tallaran, le pesaran y le desnudaran para ver si era normal. El médico militar - entre risas- susurró al ayudante algo sobre el prepucio y una presunta circuncisión. El joven nunca había visto más prepucio que el suyo. Pero ese día coligió que el suyo no era como el de todos.
Con el tiempo descubriría que, efectivamente, estaba circuncidado.
¿Por qué no llegó -en ese momento- a la conclusión palmaria de que tendría que haber sido la abuela, en secreto, el artífice de la operación?
Los padres nunca le dijeron nada. Está claro que no se enteraron.
En Belmonte (Portugal) después de la expulsión se conservó en secreto una comunidad de piadosos durante varios siglos.
La abuela era una especie de Belmonte. Ella sola conservaba la tradición. Y la había practicado con él.
(Marta, la viuda de Freud, cuando enviudó volvió a encender las velas al comienzo del Sabbat hasta el final de su vida.)