miércoles, 9 de abril de 2014

Hölderlin y Heidegger

El pensamiento estaría próximo a ser suprimido por completo.
Poetizar, pensar y decir: tres poderes en retirada.
Ya no experimentamos el poder de la poesía: porque nuestra existencia está entrampada en una cotidianidad de la cual queda excluido el ámbito de poder del arte.
No somos nosotros quienes tenemos el lenguaje, sino que el lenguaje nos tiene…
Con el uso, las cosas cotidianas se desgastan, devienen aburridas y vacías.
Poesía es instauración, fundación efectiva de lo que permanece.
El ser histórico del hombre está esencialmente traspasado de ambigüedad. El hombre es y sin embargo no es.
En un verdadero curso de filosofía no se trata de lo que se dice directamente, sino de lo que, en este decir, es silenciado.
Lo decisivo es el preguntar. Lo decisivo no es la respuesta. ¿Por qué?
El poeta ha de nombrar y, en el nombrar, sin embargo, debe dejar inexpresado.
El antiguo y genuino Humanismo (siglos xv y xvi) está irremediablemente muerto. El segundo humanismo apenas es un asunto de formación cultural. El tercer humanismo es un capricho o una fuga ante el presente.
Sabemos qué somos. ¿Sabemos acaso quiénes somos?
No conocemos nuestro auténtico tiempo histórico. La hora mundial de nuestra humanidad nos es oculta, no sabemos quiénes somos.
Los auténticos creadores: el poeta, el pensador y el estadista. ¿Dónde están?
No sabremos quiénes somos, mientras no conozcamos nuestro tiempo.
Los antiguos dioses han huido. Los nuevos no advienen.
¿Se ha roto el hilo conductor?
Cuanto más cerca está Dios más difícil es de captar. ¿Nunca ha estado más cerca que en el momento presente?






miércoles, 19 de marzo de 2014

Una reflexión sobre el mal, a propósito de El último de los injustos

¿Cuáles son los verdaderos males de nuestro tiempo? No hay unanimidad entre los pensadores del finales del siglo XX y los del naciente siglo XXI sobre cuáles son los males de nuestro tiempo. Por poner sólo dos ejemplos:
Julián Marías (1914-2005) consideraba que el siglo XX portaba en su seno tres monstruosidades que dañaban gravemente la vida en general, y la vida personal, en particular: el terrorismo, el consumo generalizado de drogas y la aceptación social del aborto.
Por otra parte, diversos estudiosos de la situación geopolítica actual,  consideran que los males que martirizan a la humanidad en el momento presente son tres, cuya conjunción produce la máxima perversidad: el control del petróleo, el comercio internacional de armas y el narcotráfico.
Pero lo más importante es que tampoco hay consenso entre los pensadores sobre si hay una causa última “maligna” que subyazca a esos males señalados. Y si la hubiere, cuál sea ésta.
Ignacio Ellacuría, y con él, los teólogos de la liberación más inteligentes, podría decir que el mayor de los males es el olvido de los pobres de todo tipo y su explotación sistemática.
Ratzinger, por su parte, cree que el abandono de la búsqueda de la Verdad y la exclusión de Dios de todas las realidades humanas lleva a la humanidad a un nuevo paganismo que acaba por negar al hombre y condenarlo a la barbarie.
Los marxistas podrían ver la causa última de toda la tragedia humana en la persistencia de la propiedad privada. Pero Heidegger, si es que aceptase el reto de contestar a la pregunta sobre el origen del mal, hablaría del olvido del Ser y la fijación enfermiza del pensamiento calculador en el ser de las cosas.
Y los pensadores que no dejan de meditar sobre el mal radical (nazismo y comunismo, campo de concentración y gulag) tal y como se ha conocido en el siglo XX encontrarían en el antisemitismo, en la negación del Otro, el origen de todo mal.
Pero también hay pensadores optimistas que no creen que exista una causa última del mal que haya que, primero, identificar para, luego, combatir. Hay problemas, efectivamente, tragedias, angustias, dolores, errores, atrocidades pero la humanidad camina segura por el camino de la mejora de las condiciones de vida de todos y del progreso en general. Más derechos, mayor tolerancia, más democracia, mejor nivel de vida, más educación, cultura y sanidad. No se niegan los problemas pero no hay una impugnación a la totalidad.
¿Quién tiene más razón? Los realistas pesimistas o los realistas optimistas. Ambos grupos se tienen que enfrentar al drama de la dualidad de la existencia humana. Unos, ven un aspecto de ella y los otros ven el otro.

Hay quien cree que sólo los pensadores, que voy a llamar de la cruz, están en lo cierto. Porque están clavados en ella. Por ejemplo, Juan de la Cruz, Simone Weil, Edith Stein. Ésta última tiene un libro prodigioso, La Ciencia de la Cruz, que sólo un gran pensador y poeta como es Ramón Xirau ha sabido apreciar y valorar como lo que es: un prodigio aún por descubrir.
La humanidad está en cruz. La razón está en cruz. También la verdad, la belleza y la bondad lo están. Hoy, como casi siempre, todo parece morir, agonizar. Pero esto es una experiencia personal, difícilmente comunicable. Casi diríamos que poética. Por ella pasaron Pascal, Hölderlin, Kierkegaard, Wittgenstein, Marcel Proust…
Decía Heidegger que sólo un dios podía salvarnos. ¿De la cruz? Si no es de ella no sé qué quiso poder decir con eso.
El cristianismo expresa verdades eternas. La cruz es una de ellas, si no es que es la verdad eterna por excelencia. Todo lo que está vivo y es significativo está atravesado por la cruz. A nada importante se puede acceder si no es a través de ella. Casi siempre y en todo lugar. Ya desde antiguo. El cristianismo desvela esta suprema realidad previamente existente.
La vida humana tras la expulsión del Paraíso es una pura cruz.
¿Y, antes?
Kafka dice algo profundamente turbador: en lugar de comer del árbol de la vida, del que sí podíamos comer, comimos del árbol de la ciencia del bien y del mal. Nuestra condena, pues, es doble: por no comer del árbol adecuado y por comer del inadecuado.
Spinoza cree que era ineluctable que accediéramos al conocimiento del bien y del mal. Y ese conocimiento comporta inevitablemente, la expulsión del paraíso. No deberíamos, pues, lamentarnos de los resultados de nuestra elección por antonomasia. Seguir en el paraíso, sin conocimiento, o salir de él a causa de ese conocimiento.
O sea, que ya en el paraíso estaba la cruz.

Aprendamos, entonces, la ciencia de la cruz. Es el saber más alto que podemos alcanzar. El más olvidado. Pero como todo lo excelso y lo que duele no será el saber más codiciado.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Carlos Oroza

 El poeta nace cuando le sorprende la primera palabra. El problema es saber escucharla. Yo construyo mis versos a través del otro yo, el yo interior. De repente, cuando surge la primera palabra, yo me recluyo en un espacio donde no exista nada que me entretenga. Y me quedo quieto, y espero a que suene la voz, que es la otredad. El poema se construye como si fuese una sinfonía, no con rima sino con ritmo interno. Porque la palabra tiene un ritmo interior; la rima es una cosa escolástica.
 A veces te quedas alelado ante cosas que no ven los otros: un árbol, la marcha de un río, una perspectiva donde tu mirada alcanza mayor longitud... Ahí está el poeta, en la codicia de lo lejano.
 ¡Me quedé atrapado por el canto! Como dijo Hölderlin, la poesía es un juego peligroso por su carga de fatalidad. De tal manera te hace víctima, que si se marcha de tu hombro ese pájaro que canta, te quedas sin nada, sin territorio y sin ti mismo.
 Si el poema es un logro, alcanzas la totalidad del universo, pero entonces se produce el vacío de volver a empezar. ¡Y eso es tan difícil! ¡Volver a la lucha! Por eso, a veces, un solo verso es más importante que todo un libro.
 Somos bichos raros. Un poeta es un tipo solitario, que va escuchando, no se sabe bien qué, y que tampoco se sabe bien adónde va, porque va prendido del canto.
 Somos un mal ejemplo, pero yo sólo puedo ser poeta pero cuando se es poeta de verdad, se es todas las cosas. El poeta organiza el caos, da sentido al absurdo de la existencia.
Para el sistema eso es algo inconcebible.  Está fuera del sistema... Totalmente.
En ocasiones me constituyo en el enemigo máximo de mi propia existencia. El cansancio de verte todos los días en el espejo, el tener que cambiarte todos los días de ropa... Lo cotidiano mata, poco a poco, lentamente.
Nos tenemos miedo. Empezamos a detestarnos porque eso buscamos la compañía, sobre todo la del televisor.
(Cuando se le ve caminando por las calles de Vigo, alguien puede pensar que está matando el tiempo...)
¡Pero si estoy trabajando! Mi marcha es una marcha poética. Voy al encuentro de una guirnalda o de un poema, y si no me lo da la realidad, entonces la sueño y la transformo.
Por eso me siento extraño en este desierto emocional, donde la palabra fue raptada. La palabra alma, la palabra espíritu... ¡tan mal utilizadas!
 Vivimos en el mundo de la pasarela, de los objetos. La gente acude a los grandes almacenes como si fuesen catedrales. Nunca tuvimos tanto y nunca tuvimos tan poco.
 En realidad, yo encuentro raros a los otros, a todos.
 Las palabras están sonando en una realidad escondida. Yo voy al encuentro de las musas, que pueden ser una cosa humilde, una flor, cualquier espacio inundado de emoción. El mundo esencial está detrás de los muros de la realidad. Vivimos rodeados de contenciones, de fronteras, siempre represivas. Hay que ver más allá. Tus ojos tienen que alcanzar la perspectiva de la longitud de la naturaleza. El hombre del desierto tiene la mirada más larga y profunda porque vive en un espacio libre. Su mirada es más rica. Nosotros vivimos en un territorio marcado por paredes, fronteras... Nuestra mirada es pobre.
 Quien conserva la inocencia vive en un estado poético. La inocencia no es idiotez ni culpabilidad; es permanecer en un estado especial: ser capaz de sorprenderte, como un recién nacido que está descubriendo el mundo. La inocencia es la mirada de ese niño que te está preguntando con los ojos. La inocencia es Hölderlin.
 La soledad sólo tiene sentido si es para hacer algo. Sin embargo, la otra soledad ni bajo un techo se soporta.
 Ahora todo es ruido, y la poesía es silencio, cadencia, melodía, música... tu propio hálito.
 Lo abandoné todo. Decidí salir de ese mundo, de ese desierto emocional y penetrar en la esencia de las cosas, en busca del poema y la sinfonía. Así que regresé. Y el lugar más parecido a mi idea infantil de Galicia es Vigo, y aquí estoy. La poesía exige una renuncia total. Yo he dejado todo por esto, pero esto es mucho más placentero y digno. Decidí perder para ganar. Soy un romántico. Ya lo escribí: “Todas las tardes paseo mi derrota por las calles de Vigo, alguna vez me paro en la orilla y espero algún barco”.
Vigo es la luz y yo vine en su búsqueda. La luz, no el sol... ¡La luz!
Pues yo he encontrado aquí la poesía. En mis paseos he descubierto un tránsito poético.
El sentimiento de lo útil y de lo inútil es moralista. Lo más inútil es verdaderamente lo bello.
Busco un poema de hoy que sirva para mañana, aunque las futuras generaciones pueden rachar con todo, porque “lo que ayer fueron grandes verdades, hoy están puestas en duda, no obstante las mareas se precipitan, no hay nada, pues, de lo que fuimos que nos pertenezca”. Lo único que nos pertenece es la tradición; el pasado es hemeroteca.
 Para ser poeta hay que sentirse incómodo. En una ocasión, el Papa viendo una obra de Miguel Ángel le reprendió. “Todo está tan bien organizado, pero ese ángel, ese de ahí, ese ángel que ha pintado se va...” Miguel Ángel le respondió: “Pues ese ángel es el que más me gusta”. La perfección excesiva es academia. A veces los errores te enseñan. Hay que reivindicar el derecho a equivocarse. En el error sobreviene el acontecimiento y ahí surge el poema.
Están equivocados. Son gente que defiende la abundancia, el llenar las neveras por si mañana hubiera guerra. Un poema surge de vez en cuando... ¡De vez en cuando! Aquí hay mucho libro inútil que no vale para nada.
La imprenta es un fenómeno de nuestro tiempo; la poesía, anterior. El pueblo necesita oración, canto, palabra y silencio.
La poesía es la verdad más profunda del espíritu, pero se encuentra muy oculta y necesita ser cantada. Por eso a la poesía no debe puntuarse ni ponérsele comas. Es un canto libre.

Yo no domino el diccionario. Me repugna. Así que cuando me falla una palabra, la invento. La clave es que esa palabra permanezca, que sea acogida como una aportación a un lenguaje que yo trato de enriquecer, pero no de forma caprichosa; debo encontrar una pieza que encaje en el puzzle. Por ejemplo, cuando canto “Ómniva, Ómniva, Ómniva”.
 Yo tengo un poema que dice: “Dejad que el trigo crezca en las fronteras, porque una flor no puede ser hermosa si no dejáis que el trigo crezca en las fronteras”. La frontera es la cosa más ilegal que hay en el mundo. Es repartirlo, cuartearlo. La infancia es la patria y lo demás, una añadidura.
 La poesía es una actitud permanente. No se puede salir de una clase y escribir un poema, porque eso es caer en la deformación, en el culturalismo más falso. La cultura es sólo un punto de partida. A partir de ahí debemos seguir en la búsqueda de algo superior. Por eso no me gusta la poesía ni la pintura académicas; me gusta el arte de creación. No creo en los poetas de horas libres. El poeta lo es en todo instante. El poema tiene que ser coherente con tu actitud vital; lo que escribes, tienes que vivirlo.
 Me siento indiferente hacia los demás, ni me provocan; al contrario, de vez en cuando los amo.
Y yo soy muy vago y débil. El rencor es el arma del fracaso más absoluto.
 La mujer es un misterio, el eco de tus propias cosas, de la naturaleza. Haber tenido a un individuo como yo dentro de un vientre... supongo que habrían deseado expulsarme urgentemente. Nunca he entendido a las mujeres, sólo las he sospechado.
 La poesía se mastica. Cuando escribo, me huele el paisaje.
 Claro que duele. El dolor es la tendencia a la derrota.
 Una cosa es hacer poemas repetidos, y otra tener una poética. Cuando tienes una poética siempre estás haciendo el mismo poema, con variaciones.
(La muerte es un tema que esquiva.) Porque es el fin de todas las cosas. Prefiero la vida y que la muerte me sorprenda cuando le dé la gana.
 Sí. Soy terriblemente miedoso.
 He soportado la noche con maquillaje. La noche es una mentira literaria. Yo anhelo el sol, la esperanza... ¡la luz! Hasta la palabra es bonita.
Yo sigo caminando al encuentro de esas cosas que la gente no percibe y pisa.
(Cuándo recita su poesía, ¿qué siente?) Estoy unos segundos en lo divino.
 Yo vivo la aventura del poema en mi cabeza. Lo escucho, lo compongo y cuando está acabado y memorizado lo paso al papel, lo convierto en signos.

 Rechazo todo lo que me suena a cotidianeidad, a tópico. No soporto la obviedad. La poesía tiene que trasladar el lenguaje, darle una aristocracia. Para eso está la prosa. ¡Que hagan prosa ellos! ¡Son prosaicos!
 Eso ya le pasó al prodigioso Rimbaud. Cuando la poesía te abandona, si el canto te deja... ¡es terrible! Es la desolación. Si eso pasa, se acabó la aventura.

 Yo busco la gente entrañable, humilde; que recibe el poema aunque no lo entienda; que está sin estrenar; que tiene capacidad para emocionarse. Ahí encuentro una proximidad de espíritu. Porque el que está contaminado por la cultura es insoportable. ¡Es un pedante! ¡Un verborraico! Sufre de incontinencia verbal. La demagogia es nauseabunda. El cultismo, no; la cultura, sí.

martes, 18 de febrero de 2014

Los pilares de la mente contemporánea

Veo cuatro pilares sobre los que está construida la mente contemporánea, que han venido a sustituir a los pilares sobre los que se sustentaba la cosmovisión previa: heliocentrismo (frente a geocentrismo), evolucionismo mediante selección natural (frente a creacionismo), marxismo (frente a liberalismo) y psicoanálisis (frente a algo no claramente determinado).
El heliocentrismo y el darwinismo conservan el título de teorías científicas. Tanto el marxismo como el psicoanálisis lo han perdido. Sin embargo, a pesar de ello, y a que se presentaban como auténticas teorías científicas, conservan todo el crédito sociocultural y toda su influencia sobre la mente contemporánea.
El heliocentrismo es una teoría científica porque puede someterse a contrastación experimental. Sin embargo, el darwinismo es, en palabras de K. Popper, un programa metafísico porque no es falsable. Es decir, no puede someterse a ningún control experimental digno de tal nombre. Ni tampoco puede hacer predicciones.
Tanto el heliocentrismo como el darwinismo se sirven de un fraude lógico para mantener su supremacía científica, social y política.
En su caso, el darwinismo da por supuesto que su única alternativa es el Génesis. De ese modo se hace invulnerable a la crítica. Pero, la alternativa al darwinismo no es el Génesis sino una auténtica teoría científica contrastable y falsable. Y con capacidad de predicción. Conviene saber que Santiago Ramón y Cajal, Karl Popper y Kurt Gödel, por citar sólo a tres insignes pensadores, no consideraban a esa pseudoteoría  un “dogma de fe”. Por el contrario, la consideran excesivamente pretenciosa y jactanciosa.
El heliocentrismo utiliza el mismo “truco”. En su caso, se presenta como la única alternativa al sistema tolomeico, cuando, en realidad, tiene otro competidor que es el sistema de Ticho Brahe. Por otra parte, Barnett en El universo y el doctor Einstein, con prólogo del propio Einstein, dice que no hay ninguna prueba directa del movimiento de la tierra. O sea, que podría ser que la conjetura heliocéntrica frente a la geocéntrica fuera un asunto indecidible. Además, el heliocentrismo tiene como referente más que a Copérnico, a Galileo. Y este caso pesa mucho sobre la mente moderna. Por ejemplo, Ratzinger ha confesado que el caso Galileo pesó mucho en la convocatoria del Concilio Vaticano II. Y sigue pesando y mucho en su aplicación.
Recapitulando: de los cuatro pilares de la mente moderna sólo uno es una teoría científica. Los otros tres son, en el mejor de los casos, metafísica, filosofía, opinión, creencia, ideología, perspectiva cultural… y, en el peor, meras pseudoteorías.
Me parece que el heliocentrismo se sostiene a sí mismo negando toda evidencia que le ponga en cuestión, haciendo trampas lógicas, además, y es, en definitiva, el que carga con todo el peso del edificio mental moderno y contemporáneo.
Yo no tengo, desgraciadamente, conocimientos suficientes ni de física, matemáticas, biología, economía… Pero os sugiero un “experimento mental”. ¿Qué pasaría si de pronto, los cosmólogos, llegaran a la conclusión, a la vista de los datos empíricos más fiables, que el modelo que mejor explica esos datos es el de Ticho Brahe o, que, en el peor de los casos, los explica igual de bien que el modelo heliocéntrico? Es decir, que como sugeriría la teoría de la relatividad, son modelos equivalentes. ¿En qué quedaría el caso Galileo?
Yo creo, como escribió León Felipe que el tinglado de la farsa y la losa de los templos (no se olvide que los seis papas conciliares son heliocéntricos, evolucionistas y aceptan, con matices, ciertos aspectos del marxismo y del psicoanálisis) se vendrían abajo y entonces… ¿Habría que empezar de nuevo?


sábado, 25 de enero de 2014

Benjamin Murmelstein

Benjamin Murmelstein (muerto en Roma en el año 1989) es el protagonista de El último de los injustos (Lanzmann). No es un mero documental. Es una verdadera película. Basada en el testimonio del único Presidente de un Consejo Judío (durante el exterminio del pueblo judío por los nacionalsocialistas) que pudo sobrevivir. El testimonio fue recogido durante una semana en Roma (1975) por Claude Lanzmann. Han pasado, pues, muchos años.
H. Arendt había abierto el debate en Eichmann en Jerusalén sobre el comportamiento de los presidentes judíos durante el periodo nacionalsocialista. Lanzmann y Murmelstein en sus conversaciones no rehuyen el problema. Y esa es la clave de la película. ¿Fue B. M. -a su pesar- un colaboracionista, si bien involuntario?
Pero H. A. también había hablado de la mediocridad y vulgaridad de Eichmann, de su extrema banalidad. Lo presentaba como un mero burócrata sumiso a las órdenes más siniestras, incapaz de revelarse contra ellas. Cooperador necesario del mal pero no necesariamente inductor. Se hubiera limitado, según la insigne pensadora, a cumplir órdenes. Ese es el otro tema clave de la película.
Cuando terminó la guerra, B. M. no fue juzgado en Israel. De hecho nunca pudo ir allí como hubiera sido su deseo. Era sospechoso. La principal sospecha que recaía sobre él era que había sobrevivido. Eso le hacía sospechoso de colaboracionismo, pues los otros líderes de los consejos judíos habían sido asesinados por los nacionalsocialistas. (Scholem, por ejemplo, consideraba que habría debido ser ahorcado.) Fue sometido, sin embargo, a una investigación judicial por los checos y quedó totalmente absuelto de cualquier delito. (Le fue negada -según testimonio de su hijo Wolf- la oración final sobre su tumba por las autoridades religiosas.)
¿Pero fue B. M. un colaboracionista? Su testimonio es tremendo. Las situaciones por las que tuvo que pasar, las decisiones que tuvo que tomar, las tragedias que tuvo que presenciar fueron horrendas. El habla de sí mismo como de alguien que está entre el martillo y el yunque y recibe todos los golpes. Se consideraba como una marioneta de los nacionalsocialistas que intenta no ser sólo movido por los hilos sino influir en los hilos para modificar el movimiento. Situaciones todas ellas extremas, en el límite más abismal, contradicciones insuperables, sin posibilidad alguna de compromiso entre distintas opciones. Se podría hablar de un auténtico calvario. Y, de hecho, por dos veces, al menos, Benjamin M. habla de Jesús en la cruz. La cruz. Como contradicción extrema insuperable. Una para decir, que así como los soldados que infringieron a Jesús la máxima tortura, se burlaban, además, de  él, así mismo un presidente de un consejo judío en el gueto -una figura ridícula o tragicómica en realidad- estaba en el Gólgota.  La otra, cuando intentó convencer a un nacionalsocialista de que no deportaran a los judíos bajo su custodia a Terezin. El jerarca le "tentó" diciendo que allí, como máxima autoridad, sería como un rey de los judíos. Él le contestó que la última vez que se había escrito esa expresión fue en el palo de una cruz. (Además, en un determinado momento, la cámara después de haber recreado uno de los momentos más dramáticos del infierno nacionalsocialista, se demora muy significativamente en la cruz de un campanario de una iglesia cercana o próxima a los hechos.) B. M. se defiende y defiende la lógica subyacente de toda su actuación. Es durísimo con él y con todos. Distingue, distinción suprema, entre martirio y santidad. Acredita haber sufrido una experiencia existencial sin parangón. ¿Dios mío, cómo habrá podido sobrevivir a tanta cruz?
El otro tema queda definitivamente resuelto. Adolf Eichmann era un demonio. Si hay algo así como "la banalidad del mal", ese monstruo no es un buen ejemplo de ello. Sabía lo que hacía, hacía lo que quería y quería lo que hacía. No se limitaba a cumplir órdenes. Se las daba a sí mismo. Si las autoridades judiciales de Israel hubieran aceptado el testimonio de Benjamin Murmelstein en su juicio, esto hubiera quedado absolutamente claro. Porque Benjamin Murmelstein lo conoció muy bien y sabía que era un demonio de los de la peor especie.
La película puede verse, también, como el kadish que el rabino le negó. También como la bajada de Orfeo a los infiernos de Eurídice. Si tienes ocasión, no te la pierdas. Y si no, búscala. El testimonio es estremecedor. Es el infinito ciclo de la destrucción.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Acontecimientos

Geoffrey Parker ha escrito un libro portentoso: El siglo maldito. Ha conseguido explicar de un modo global -nada menos que- todo el siglo XVII, desde oriente a occidente. Sostiene que ese siglo vivió “más rebeliones y revoluciones que cualquier otro periodo comparable de la historia del mundo”. Hubo una combinación de desastres naturales y humanos que produjeron consecuencias duraderas y profundas. Lo extraordinario de su trabajo es que parece haber encontrado la causa última de esa crisis global y universal: el enfriamiento, la pequeña edad de hielo, que se abatió sobre la tierra. Una inusual baja actividad solar, combinada con el fenómeno conocido como El Niño y una alta actividad volcánica pudieron producir un enfriamiento global que arrasó a un tercio de la humanidad. Hambrunas, pestes, suicidios, infanticidios, migraciones masivas, disputas dinásticas, rebeliones, guerras, destrucción, búsquedas de chivos expiatorios, muerte, desolación… Su libro es una novedad absoluta en el campo de la historiografía. Le ha llevado, desde que tuvo la intuición global de lo que quería hacer, 15 años terminarlo. El resultado es asombroso. Nadie antes que él había conseguido un grado de integración y de explicación de un conjunto tan amplio de sucesos históricos. Es ejemplar. Creo que ha instaurado un nuevo modo de hacer historia. A partir de este estudio ya nada será igual. Quien quiera aspirar a lo más alto en este campo, tendrá que leer el libro en profundidad, asimilarlo y generalizar su método de hacer historia a nuevas realidades y datos. Verdaderamente, lo estimo como un acontecimiento, uno de los tantos que se vienen sucediendo en este bendito año 2013.

Otro acontecimiento que me ha sido dado conocer es también deslumbrante. Un equipo de investigadores de la Comunidad de Madrid ha conseguido enseñar a personas ciegas a leer y escribir. Lo llaman visión táctil pasiva. Mediante el uso de una sofisticada tecnología de última generación he visto -con mis propios ojos- cómo niños ciegos pueden leer de corrido y escribir como los niños videntes. Eso podría conducir a que pudieran prescindir sin ninguna dificultad del método Braille, que exige una estimulación táctil activa. Además, como esta estimulación táctil pasiva termina activando las áreas cerebrales de la visión, que las personas ciegas no utilizan, algunos de ellos, tienen la experiencia subjetiva de ver. Sienten que ven. Y, efectivamente, no es una metáfora: ven. Porque, realmente, el que ve es el cerebro al reanalizar los datos que le llegan a través de los sentidos. Da igual que vengan vía ojos que lo hagan vía piel de las manos o de cualquier otra parte del cuerpo sensible a la estimulación táctil pasiva. Cuando tienes ocasión de asistir a algo que parece imposible pero que es, al mismo tiempo, real se experimenta un júbilo incomparable. Estos fenómenos en los que se producen conjunciones entre lo real y lo imposible han sucedido -más de lo que es habitual- en este año asombroso año 2013.

lunes, 21 de octubre de 2013

El no apego

Los psicólogos del desarrollo hablan de varios tipos de apego. Se da por descontado que el mejor es el apego seguro. Sin embargo, podría ocurrir que hubiera un tipo de apego superior. El no apego. Aquí he traducido una escala que evaluaría el no apego (Sahdra, Shaver y Brown, 2010).

1.       Acepto el flujo de sucesos en mi vida sin colgarme de ellos o alejarme de ellos.
2.      Puedo dejar de lamentarme y de sentir insatisfacción sobre el tiempo pasado.
3.      Veo que puedo estar tranquilo o feliz incluso si las cosas no salen como me gustaría.
4.      Me cuesta apreciar el éxito de otras personas cuando me superan.
5.      Estoy abierto a lo que la vida ofrece independientemente de si parece deseable o indeseable en un determinado momento.
6.      Disfruto de experiencias placenteras sin necesitar que duren para siempre.
7.      Veo los problemas que surgen en mi vida como oportunidades más que como razones para desanimarme o desmoralizarme.
8.      Disfruto de mis propiedades sin que me turbe su daño o destrucción.
9.      La cantidad de dinero que tengo no es importante a la hora de valorar quién soy.
10.  No disfrazo ni niego mis cualidades negativas o errores.
11.  Acepto mis defectos.
12.  Disfruto de mi familia y amigos sin sentir que necesito colgarme de ellos.
13.  Si las cosas no  salen como a mí me gusta me contrarío.
14.  Disfruto de los placeres de la vida sin sentir tristeza o frustración cuando terminan.
15.  Siento alegría por los logros ajenos sin sentir envidia.
16.  Puedo ser feliz casi independientemente de cómo vaya mi vida.
17.  En lugar de evitar o negar las dificultades de la vida, me enfrento a ellas.
18.  Soy capaz de reflexionar sobre mis errores y fallos pasados.
19.  No me ofusco con lograr una vida “perfecta” e “ideal”.
20.  Me siento bien siendo normal y no un ser humano perfecto.
21.  Estoy abierto a los pensamientos y sentimientos que vienen a mi mente aunque sean negativos o dolorosos.
22.  Veo mis problemas y defectos sin intentar culpar de ellos a alguien o algo fuera de mí.
23.  Cuando experiencias placenteras concluyen  me encuentro bien pensando en lo siguiente que vendrá.
24.  A menudo estoy preocupado por amenazas y temores.
25.  No soy posesivo con la gente que quiero.
26.  No me cuelgo de la gente que quiero a toda costa; puedo dejarles marchar si ese es su deseo.
27.  No siento necesidad de escapar o evitar malas experiencias en mi vida.
28.  Puedo admitir mis fallos sin pena o vergüenza.
29.  Experimento y reconozco la pena asociada a pérdidas significativas pero no me aplasta, me hunde o me incapacita para las demás exigencias de la vida.
30.  No soy posesivo con las cosas que me pertenecen.