Abolir el principio de contradicción es lo peor que le puede pasar a una época. Porque quien hace eso se pone en contradicción consigo mismo. O sea, está muerto en vida.
O calla o habla, pero no seas chismoso ni chismorrees.
O ocúltate o revélate, pero nunca te exhibas.
O ama o sé verdaderamente disoluto, pero no coquetees con el amor.
O sé objetivo o subjetivo, pero no abstracto.
Ahora hay una cantidad extraordinaria de profecías, apocalipsis, indicios y atisbos del futuro. Todo el mundo profetiza y augura. Este es el esquema de las profecías actuales: lo que predigo o sucederá o no sucederá.
La unión de personas que no tienen interioridad es algo tan feo y perverso como un matrimonio entre niños. Ahora todo el mundo puede tener una opinión, pero para tenerla tiene que unirse y alcanzar un cierto número. Y esa es la perdición.
Y ahora viene el secreto mejor guardado desde hace muchos años:
Los eminentes, al huir de la perversa nivelación, se han hecho irreconocibles o incognoscibles. Actúan en secreto. No tienen ni reconocimiento ni autoridad. No son profetas ni jueces. Están ocultos hasta para ellos mismos.
Pero son los salvadores de esta humanidad numérica, nivelada y abstracta en el peor sentido del término. Cada uno ha de valerse por sí mismo. Ya no hay referentes visibles. Eso se acabó. Ya es demasiado tarde para todo. Y la salvación es urgente.
Los incognoscibles solo obedecen órdenes de la divinidad.
Trabajan de un modo constante y, además, tienen que ocultarlo.
No quieren dominar, mandar, guiar sino solo servir indirectamente.
Sin certeza alguna de lo que hacen.
Han saltado sobre el abismo de la perdición.
Puede que no sean más que unos pocos. O, quizás, uno solo. Otra vez. Uno solo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario