domingo, 1 de febrero de 2026

El izquierdismo en la caverna

Rodearse solo de personas inteligentes puede conllevar la soledad. Pero cuando una sociedad impone el peor de los totalitarismos no cabe otra opción. El totalitarismo que despoja a la persona de su historia y fomenta los bajos instintos. Entonces, efectivamente, puede no quedar otra opción.

Está claro que una persona izquierdista no puede ser inteligente.

Es el momento del dominio total de los llamados izquierdistas. Son los nuevos fariseos. Quieren para los demás lo que no quieren para ellos. Creen ir por la vida libres de prejuicios y cuando se los muestras se enfurecen como las bestias en la que se han convertido.

El izquierdista puede ser o no ser religioso. Cuando es religioso roza la imbecilidad. Y cuando no lo es la ignorancia absoluta.

Asevera de modo simultáneo tesis excluyentes. Puede ser demócrata o no, por ejemplo, según su conveniencia.

Ignora la noción de creatura y de creador para su desgracia.

Cree que al distinguir entre una doctrina y sus aplicaciones ya ha resuelto todas sus contradicciones cuando lo único que ha logrado es persistir en su error.

No hay coincidencia alguna en estas personas entre (a) lo que creen, (b) lo que dicen creer y (c) lo que creen creer.

Al final su vida se centra en el negocio y en el coito.

El izquierdista es tan tonto que piensa que el derechista es inferior a él. Cuando, en realidad, son lo mismo, pero con cierto desfase temporal. Lo que se conoce como el narcisismo de las pequeñas diferencias.

(Sin ir más lejos, ambos sonríen solo cuando buscan votos.)

Ignora que las revoluciones -todas- son fenómenos de odio anticatólico.

Su ideal es prolongar la vida, evitar el dolor y satisfacer el vientre y el sexo. Aunque para ello haya que asesinar fetos.

El mejor izquierdista es el arrepentido, el que ha dejado de serlo porque ha descubierto la falsedad de todas las soluciones que se ha dedicado a apoyar.

Si no hubieran desaparecido el campesino (el mundo rural) y las humanidades clásicas nunca jamás habría surgido esta estirpe infecta.

Le molesta el repique de campanas, el rezo del Angelus y todos los ritos salvadores.

Se queda pasmado y estulto cuando se le muestra la admiración infinita de Marcel Proust por la eficacia salvadora de la liturgia católica. No digamos ya cuando le haces leer la carta de Lorca sobre este asunto.

Si además de izquierdista se dice cristiano estamos ante el tonto útil por excelencia.

Seres vulgares que se ignoran. Que ignoran su ignorancia. Han conseguido elevar la compasión a causa ideológica.

Puede ser ateo y adorar o justificar o pactar con el islam. Más que tonto, entonces, es blasfemo.

O ayuda a cometer crímenes o se dedica a justificarlos.

Fascista es el apodo con el que denigra a quienes -de facto- son meros congéneres gemelos suyos. Lo de Pasolini: el fascismo de los antifascistas.

Como dice NGD la difusión de unas gotas de cristianismo en una mente izquierdista transforma al bobo en bobo perfecto.

Pretende que perdonar implica negar el delito.

Cuidémonos de no convertirnos en la mera inversión de este repulsivo adversario.

 

 

 

 

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