jueves, 26 de marzo de 2026

La lenta aceptación de la decepción

 

Fui al hospital a ver a una persona muy apreciada y cercana porque sabía que estaba muy mal.  Al llegar ya salían sus familiares. Acababa de fallecer. Al acercarme al grupo, un familiar muy cercano al recién fallecido me espetó con cierta animosidad inesperada: tú que haces aquí. No supe que contestar.

En otra ocasión me pasó algo muy parecido. Alguien me dijo que el padre de un amigo estaba muy grave. Inmediatamente fui a verlo. Pero al llegar, el recibimiento fue de este tenor: vienes en muy mal momento. No me acuerdo qué hice.

Un Decano, amigo mío, me presentó al Rector de una universidad muy importante. Yo había sido durante todo el bachillerato amigo y compañero de su hermano, muerto en Africa en trágicas circunstancias. Me identifiqué. Habíamos ido al mismo centro educativo y aunque no nos habíamos tratado porque él era el benjamín de la familia compartíamos circunstancias biográficas muy poco comunes. Ignoró todo lo que le dije. No quiso hablar de nada. Su actitud, repentinamente, se tornó fría y distante, muy lejos de la aparente afabilidad mostrada en un principio.

Me encuentro en El Retiro una pluma que siempre me había gustado poseer que tiene un precio prohibitivo para mis posibles. A los pocos días, unos carteles en los árboles y farolas cercanos al hallazgo me avisaban de que el perdedor tenía teléfono y demandaba que quién la hubiere encontrado se pusiese en contacto con él. Así lo hice. Me quiso dar una propina.

Cuál fue mi sorpresa cuando la embajada danesa se puso en contacto conmigo porque cada año dan un reconocimiento a quien haya divulgado convenientemente el pensamiento de SK. No cabía en mi de gozo. Efectivamente, llevaba un tiempo publicando artículos sobre mi admirado filósofo. Pero cuando llegué al acto de entrega resultó que todo había sido una equivocación. La elegida era otra persona. Muy conocida, por cierto. Ya me extrañaba a mí que fuera yo el premiado. No me pidieron disculpas.

Una ilustre catedrática que dirigía un programa de educación de adultos en la ONU me dijo que quería utilizar un libro mío -en el catálogo de una editorial de mucho prestigio- para dicho programa. Pero el dueño de la editorial donde estaba publicado, persona de mucho prestigio, había rehusado darle el plácet para ello. A mí, sin embargo, no informó de nada de eso. Tiempo después me avisó que fuera a retirar de su almacén los libros no vendidos porque los iban a destruir. Nunca he sabido por qué me odiaba tanto.

Cuando pierdes el rastro de un amigo de la primera juventud siempre fantaseas con que te lo puedes encontrar en cualquier momento por cualquier ciudad. A mi añorado amigo no le había vuelto a ver desde que se casó. Treinta y tantos años. Pues bien, un día lo reconocí por la calle. Qué ilusión me hizo. Me bajé en cuanto pude del autobús. Y corrí hasta alcanzarle. Pero él no se acordaba de mí ni sabía de qué le estaba hablando. Pensó que era un timador.

Entre los 12 y los 17 años tuve un preceptor que era de los mayores expertos mundiales en Averroes. Un día vi anunciado en mi propia universidad la presentación de la traducción del Comentario al tratado sobre el alma de Aristóteles de Averroes. Habían pasado muchos años, de verdad, muchos. Me acerqué a la mesa al terminar el acto. Le quería hablar de mi itinerario universitario (inimaginable para mí a los diecisiete) y agradecerle todo lo que me había enseñado: la Salamanca de Unamuno, el pensamiento de Ortega y de Husserl, sus relaciones con el mundo musulmán (en los 70 era muy amigo del coronel Gadafi, por ejemplo.) Parecía otra persona. No me reconoció. No sabía de lo que le estaba hablando. Me alejé muy triste.

En 1979 conocí a uno de los mayores expertos en la vida y obra de Bonhoeffer (1906-1945). Entonces no lo sabía, lo descubrí 11 años después. No me habló de él nunca y yo desconocía la existencia y la importancia, además, de Bonhoeffer. Después de algunos encuentros y conversaciones no volví a verle más salvo, incidentalmente, en sitios como el Auditorio, una sala de cine o por el paseo de El Pintor Rosales. Menos que un saludo o un reconocimiento mutuo. Cuando comprendí la grandeza de Bonhoeffer y la importancia de quien había dedicado toda su vida a estudiar y difundir su legado, me apenó esa falta de juventud por mi parte, una falta de atención imperdonable. En 2001 vi su esquela en el periódico. Y el anuncio del lugar y hora de su funeral. Fui y me puse en la última fila. Es lo menos que podía hacer.

Y de pronto, un día te escribe alguien para agradecerte que tú -sin saber- le salvaste la vida.

 

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