Fui al hospital a ver a una
persona muy apreciada y cercana porque sabía que estaba muy mal. Al llegar ya salían sus familiares. Acababa
de fallecer. Al acercarme al grupo, un familiar muy cercano al recién fallecido
me espetó con cierta animosidad inesperada: tú que haces aquí. No supe
que contestar.
En otra ocasión me pasó algo muy parecido.
Alguien me dijo que el padre de un amigo estaba muy grave. Inmediatamente fui a
verlo. Pero al llegar, el recibimiento fue de este tenor: vienes en muy mal
momento. No me acuerdo qué hice.
Un Decano, amigo mío, me presentó
al Rector de una universidad muy importante. Yo había sido durante todo el
bachillerato amigo y compañero de su hermano, muerto en Africa en trágicas
circunstancias. Me identifiqué. Habíamos ido al mismo centro educativo y aunque
no nos habíamos tratado porque él era el benjamín de la familia compartíamos circunstancias
biográficas muy poco comunes. Ignoró todo lo que le dije. No quiso hablar de
nada. Su actitud, repentinamente, se tornó fría y distante, muy lejos de la aparente
afabilidad mostrada en un principio.
Me encuentro en El Retiro una
pluma que siempre me había gustado poseer que tiene un precio prohibitivo para
mis posibles. A los pocos días, unos carteles en los árboles y farolas cercanos
al hallazgo me avisaban de que el perdedor tenía teléfono y demandaba
que quién la hubiere encontrado se pusiese en contacto con él. Así lo hice. Me
quiso dar una propina.
Cuál fue mi sorpresa cuando la
embajada danesa se puso en contacto conmigo porque cada año dan un
reconocimiento a quien haya divulgado convenientemente el pensamiento de SK. No
cabía en mi de gozo. Efectivamente, llevaba un tiempo publicando artículos sobre
mi admirado filósofo. Pero cuando llegué al acto de entrega resultó que todo
había sido una equivocación. La elegida era otra persona. Muy conocida, por
cierto. Ya me extrañaba a mí que fuera yo el premiado. No me pidieron
disculpas.
Una ilustre catedrática que
dirigía un programa de educación de adultos en la ONU me dijo que quería
utilizar un libro mío -en el catálogo de una editorial de mucho prestigio- para
dicho programa. Pero el dueño de la editorial donde estaba publicado, persona
de mucho prestigio, había rehusado darle el plácet para ello. A mí, sin
embargo, no informó de nada de eso. Tiempo después me avisó que fuera a retirar
de su almacén los libros no vendidos porque los iban a destruir. Nunca he
sabido por qué me odiaba tanto.
Cuando pierdes el rastro de un
amigo de la primera juventud siempre fantaseas con que te lo puedes encontrar
en cualquier momento por cualquier ciudad. A mi añorado amigo no le había
vuelto a ver desde que se casó. Treinta y tantos años. Pues bien, un día lo
reconocí por la calle. Qué ilusión me hizo. Me bajé en cuanto pude del autobús.
Y corrí hasta alcanzarle. Pero él no se acordaba de mí ni sabía de qué le
estaba hablando. Pensó que era un timador.
Entre los 12 y los 17 años tuve
un preceptor que era de los mayores expertos mundiales en Averroes. Un día vi
anunciado en mi propia universidad la presentación de la traducción del Comentario
al tratado sobre el alma de Aristóteles de Averroes. Habían pasado muchos
años, de verdad, muchos. Me acerqué a la mesa al terminar el acto. Le quería
hablar de mi itinerario universitario (inimaginable para mí a los diecisiete) y
agradecerle todo lo que me había enseñado: la Salamanca de Unamuno, el
pensamiento de Ortega y de Husserl, sus relaciones con el mundo musulmán (en
los 70 era muy amigo del coronel Gadafi, por ejemplo.) Parecía otra persona. No
me reconoció. No sabía de lo que le estaba hablando. Me alejé muy triste.
En 1979 conocí a uno de los
mayores expertos en la vida y obra de Bonhoeffer (1906-1945). Entonces no lo sabía,
lo descubrí 11 años después. No me habló de él nunca y yo desconocía la
existencia y la importancia, además, de Bonhoeffer. Después de algunos
encuentros y conversaciones no volví a verle más salvo, incidentalmente, en
sitios como el Auditorio, una sala de cine o por el paseo de El Pintor Rosales.
Menos que un saludo o un reconocimiento mutuo. Cuando comprendí la grandeza de Bonhoeffer
y la importancia de quien había dedicado toda su vida a estudiar y difundir su
legado, me apenó esa falta de juventud por mi parte, una falta de atención imperdonable.
En 2001 vi su esquela en el periódico. Y el anuncio del lugar y hora de su
funeral. Fui y me puse en la última fila. Es lo menos que podía hacer.
Y de pronto, un día te escribe
alguien para agradecerte que tú -sin saber- le salvaste la vida.
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