lunes, 27 de julio de 2026

Tractatus de Anima (I)

El alma no se nombra. Está oculta. Es invisible hasta para la mente.

Hay alma-mente-cerebro-cuerpo.

La interacción alma-mente es la conciencia.

El alma se encarna y se hace un solo ser con el cuerpo-cerebro-mente.

La conciencia es un don del alma encarnada.

Mediante ese don, la mente (psique) puede conocerla.

Está en lo más profundo.

Es un espíritu puro. 

El alma es simple -una- y no tiene conciencia propiamente dicha. La conciencia es un don del alma a la psique para que la pueda conocer, vislumbrar, presentir o intuir.

Es lo más propio, lo más importante y lo más secreto de cada uno de nosotros.

(Analogía: alma-cuerpo cerebro mente-conciencia:: Zeus-Logos-Nous.)

Para que la persona muera tiene que abandonar su morada el alma. Un abandono instantáneo del alma de su morada corporal produce la muerte súbita.

Puede subsistir -al margen del cuerpo- en el seno de la Divinidad.

Cuando Dios le da a Adán una compañera -porque no es bueno que esté solo- esa mujer es (simbólicamente) el alma.

La caída se produce porque el alma hace consciente de sí mismo a Adán y éste opta por la autonomía moral. El alma hace libre a la persona.

El alma no peca. Quien peca es el cuerpo-cerebro-mente (psiquismo) cuando no es sumiso a los dictados de su alma pura.

El alma añora su cuerpo encarnado.

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