jueves, 26 de septiembre de 2019

La farsa pseudocientífica del calentamiento global


[Esta entrevista fue retirada pocas horas después de su publicación en el portal de notícias 324.cat a principios del año 2012 por presiones del jefe de meteorología de Tv3, Tomàs Molina, que no dudó en censurarla por no estar de acuerdo con su contenido]
¿La teoría del calentamiento global antropogénico, también conocida como cambio climático, es una impostura intelectual? ¿Es un fraude científico y político? ¿Existe realmente un “consenso científico” mayoritario sobre su veracidad? ¿Los cambios en el clima se pueden atribuir a la actividad humana o se explican en gran parte por la acción de la propia naturaleza?
La opinión mayoritaria cree que el planeta se está calentando y que la causa de este calentamiento es el exceso de emisiones a la atmósfera de gases de efecto invernadero, especialmente de CO2. Pero existe una opinión, cada día menos minoritaria, que se manifiesta escéptica o que cree directamente que esta teoría es errónea.  En esta opinión se encuentra el Doctor en Geografía Antón Uriarte, especializado en paleoclimatología y autor del libro “Historia del clima de la Tierra”. Un catedrático vasco y escéptico.
Josep M. Fàbregas.- Si existe, como se dice y se repite, un amplio consenso científico sobre el orígen humano del calentamiento global ¿por qué un científico como Ud. lo pone en duda?
Antón Uriarte.- En realidad, los escépticos manejamos los mismos datos y las mismas series de temperatura que los oficialistas, pero no vemos en esos datos el calentamiento catastrófico del que se habla. La temperatura del siglo XX subió desde unos 13.6ºC al principio hasta unos 14.5ºC al final, pero no lo hizo de una forma regular. La subida comenzó bastante antes de que se le pudiese achacar al CO2 el incremento, hacia 1910, y la temperatura subió hasta 1945. Después hubo un largo período de estabilidad hasta 1975, y de 1975 hasta 1998 subió de nuevo. Desde hace doce años no ha subido nada, a pesar del incremento del CO2. Por lo tanto, estamos desde hace un siglo en lo más alto, pero en los doce años que llevamos de este siglo XXI,  la temperatura no ha subido. En 1990 el IPCC (Panel Intergubernamental del Cambio Climático) publicó su primer informe. En una de las páginas del resumen inicial se vaticinaba que la temperatura en el 2025 habrá subido probablemente 1ºC con respecto a la de 1990, con una media aproximada de 0,3 ºC por década.  Han pasado ya 22 años desde que se hiciera aquella predicción y no se ha cumplido esa subida, pues todas las series indican desde entonces, desde Enero de 1990, una tendencia lineal de entre 0,13 y 0,18 ºC por década, que es mucho menos, y cero de subida en los últimos diez años.  
Sin embargo, periódicamente se publican informaciones sobre la disminución progresiva de hielo en el Ártico y en la Antártida, tanto en extensión como en grosor. También se publican informaciones sobre el constante avance de la desertización. Las Naciones Unidas, por ejemplo, afirmaron que el desierto engullía 21 millones de hectáreas de tierra cada año y Al Gore que había desparecido el 20% de los bosques de la Amazonia. ¿Avanza la arena y retrocede el hielo?
La temperatura en el polo norte tiende en las últimas décadas a subir pero en el polo sur se mantiene estable, a pesar de que el CO2 haya aumentado lo mismo en los dos lugares. En la Antártida no se registra deshielo excepto en la región de la Península de la Antártida. La banquisa de hielo que rodea el continente y que se forma en invierno no registra ninguna tendencia a la baja, más bien lo contrario. El Ártico, a diferencia de la Antártida, es esencialmente un océano, además de la gran isla de Groenlandia. La capa de hielo marino del Ártico tiene un espesor medio de tan sólo 3 o 4 metros al final del invierno y por debajo de ella hay de media 1.000 metros de agua líquida. Al final de cada verano se está muy cerca de la descongelación completa y aparecen grandes calvas, a veces en el propio polo, por donde asoma el agua líquida. Es cierto que en las últimas décadas del siglo XX la extensión mínima que alcanza la banquisa tras el deshielo del verano ha tendido a ser más baja pero no están claras las causas. Aparte de los posibles forzamientos producidos por el CO2, por el metano, por el ozono y por el hollín, la intensificación de los vientos del oeste durante los últimos 20 años ha podido contribuir a la descongelación veraniega , al propiciar una entrada mayor de agua cálida proveniente del Atlántico a través de los mares de Noruega y Barents. Por el contrario, en la otra parte del Ártico, el hielo marino del Mar de Bering ha marcado este invierno un récord de extensión desde que se empezó a medirla en el año 1979. En cuanto a Groenlandia parece que hay un ligero deshielo neto, casi insignificante respecto a su efecto de subida del mar, y las mediciones, realizadas con los satélites Grace que estudian los cambios en la gravimetría, son todavía muy cortas. En cuanto a la arena, el desierto no está avanzando, aunque lo diga alguien de la ONU. Es falso. Las lluvias del Sahel, el Darfur incluido, se han recuperado de los mínimos de los años 70 y 80. Cada vez la Tierra tiene más biomasa, más vegetación, a pesar de la deforestación, ya que las emisiones de CO2 favorecen la fotosíntesis en las zonas no afectadas por las motosierras. De hecho, tan sólo la mitad del CO2 emitido se queda en el aire. El resto es absorbido por las plantas marinas y continentales, de tal forma que aumenta en el planeta la materia orgánica. En España, en concreto, la masa forestal ha aumentado un 50 % en los últimos cuarenta años.
Ud. defiende la bondad del CO2 incluso cuando se produce un aumento del mismo en la atmósfera por causas humanas. Pero ¿un exceso de CO2 no puede ser perjudicial?
El CO2 está en la base de la vida orgánica de este planeta. Con CO2, agua y luz es como se crea la vida. A esta reacción, la fotosíntesis, le viene muy bien que haya más CO2 en el aire. Lo sabe cualquiera que tenga un invernadero. En las épocas en que ha habido más CO2 en la atmósfera, por ejemplo durante toda la era secundaria y casi toda la terciaria, la vegetación en la Tierra era mucho más abundante. Otra ventaja del incremento del CO2 en la atmósfera es que las plantas aguantan mejor las sequías ya que cierran sus estomas y pierden por evapo-transpiración menos agua. Es un absurdo el paradigma reinante de que el CO2 es el mayor contaminante. Al contrario, es una bendición que el CO2 aumente. En las épocas glaciares, cuando el CO2 desaparecía en los océanos y su concentración atmosférica bajaba de las 200 partes por millón (ahora estamos en casi 400 ppm), la vegetación arbórea tenía dificultades para desarrollarse, no sólo por el frío, sino por esta bajada de CO2 que dificultaba la fotosíntesis y el crecimiento de las plantas.
También defiende el uso del carbón como fuente de energía. ¿Por qué el carbón y no la energía nuclear?
Con carbón es como se desarrollaron durante el siglo XX los Estados Unidos, Japón y Europa. Con carbón es como se desarrollan ahora China, la India y otros. Pero el lobby nuclear, muy influido  por la empresa estatal francesa Areva, ha hecho todo lo posible estos años por demonizar al CO2, para contrarrestar el hecho de que la energía nuclear tiene serios inconvenientes: por sus riesgos de accidente como se ha comprobado en Fukushima, por los residuos radioactivos y,  sobre todo, por el enriquecimiento del uranio, difícil de controlar como se está viendo en el caso de Irán, y que está ligado al aumento de las armas nucleares. Hace unas semanas Areva firmó un proyecto de construcción en Jordania de una central nuclear. No me parece muy seguro el sitio. El carbón sigue siendo la principal fuente de electricidad del mundo, el 40 %. En Estados Unidos y Alemania superan incluso ese porcentaje. Japón es hoy , detrás de China, el mayor importador de carbón del mundo. Hay carbón para rato, y cada vez su utilización es más limpia y segura.
¿Cómo juzga el hasta ahora impensable matrimonio de conveniencia entre la indústria nuclear y parte del ecologismo político?
Ese matrimonio, y mal avenido, creo que sólo se da en Francia. En Francia, desde De Gaulle y aún antes, la energía nuclear y su “force de frappe” nuclear, ha sido aplaudida por todo el espectro político, empezando por los comunistas.  Los verdes gobernaron junto al partido socialista en el gobierno de la “izquierda plural” y no pusieron pegas a la energía nuclear. Ahora, con  Hollande, en donde también hay una ministra verde, el único compromiso práctico del gobierno para esta legislatura es el de cerrar la planta de Fessenheim, la más vieja de Francia y construida sobre terreno sísmico.
Ud. es un crítico feroz del Protocolo de Kyoto. ¿Qué efectos perversos tiene?
El principal es el decrecimiento de Europa en terrenos claves como el de la electricidad, el acero y el cemento. Y el del empobrecimiento de las finanzas públicas en países nada “culpables” como España. Con el comercio de cuotas de emisión de CO2 establecido por el Protocolo de Kioto, los gobiernos permiten a las empresas europeas que no utilicen todas las cuotas asignadas y que vendan las cuotas que les sobran, se les invita en la práctica a que se deslocalicen y se marchen con su actividad y sus empleos a otra parte. Un ejemplo es lo ocurrido con la empresa más beneficiada en Europa por el Protocolo de Kioto, el gigante siderúrgico Arcelor Mittal, que ha vendido en el mercado de cuotas varios cientos de millones de euros de CO2 sobrante, no emitido, que le fueron adjudicadas gratis. Al gobierno español le ha costado el Protocolo de Kioto, unos 750 millones de euros.  A los empresarios españoles no les ha costado nada. Al contrario, con las cuotas no usadas han podido cerrar y hacer caja.  
Michael Crichton, en su libro “Estado de miedo”, compara la teoría del cambio climático con la teoria de la eugenesia, que alertaba del deterioro genético de la especie humana y que dominó la ciencia y la política prácticamente durante toda la primera mitad del siglo XX. Para evitar ese deterioro era necesaria la intervención del estado, que se concretó en la esterilización forzada de individuos genéticamente débiles, principalmente inmigrantes de etnias consideradas corrompidas, judíos, negros, gitanos, enfermos mentales, vagabundos, alcohólicos crónicos o homosexuales. Esas prácticas se realizaron en muchos países, desde Alemania a los Estados Unidos pasando por Suecia, con el apoyo de personalidades tan relevantes como Theodore Roosevelt, Woodrow Wilson, Winston Churchill, Bernard Shaw, H.G. Wells, así como de numerosos premios Nobel. Sólo cuando el horror nazi quedó al descubierto, la eugenesia fue abandonada y considerada una pseudociencia. A pesar de ello, en algunos países como Estados Unidos se siguió aplicando hasta los años sesenta y en Suecia hasta bien entrada la década de los setenta. ¿Está politizada también la ciencia del clima?
Claro que está politizada. Un ejemplo. Al Gore y Rajendra Pachauri, en nombre del IPCC recibieron conjuntamente el premio Nobel de la Paz, que es un nobel eminentemente político. Curiosamente ese premio lo dan los noruegos, quinto exportador mundial de petróleo, extraído por su compañía Statoil en gran parte en el Ártico. Qué hipocresía.
Steve McIntyre demostró que los cálculos que originaron la famosa gráfica del “palo de hockey” eran erróneos. Fue el primer gran varapalo a los gurús del cambio climático. Ahora, el “climagate”, la difusión de miles de e-mails del departamento del clima de la Universidad de East Anglia, han sacado a la luz el comportamiento poco ético de algunos de esos gurús. ¿Puede más la fe, la ideologia, que el método científico? ¿Son los “modelos”, como sugiere Claude Allègre, una nueva ideología?
La ideología de los modelos, que sólo un grupito entiende cómo se fabrican, y la ideología de sus resultados, presentados siempre como fatídicas curvas exponenciales de catástrofes infinitas,  nace con el elitista Club de Roma en los años 1970. Esta ideología maltusiana, que se las da de objetiva, es en realidad un asunto de ricos a los que les viene bien desmoralizar a la población con esta filosofía antihumana y, además, falsa. Desgraciadamente es lo que ha imperado en estas últimas décadas, gracias al ecologismo abrazado por la izquierda y por la derecha.
The Economist, en un artículo de hace casi 15 años, afirmaba que existía una pauta que se repetía en todas las alarmas medioambientales. El primer año, un científico descubre una posible amenaza. En el segundo año, los periodistas la simplifican y la exageran. En el tercero, se suman los ecologistas o los movimientos radicales que polarizan el tema: ante una amenaza a la supervivencia del planeta o te rebelas o eres un lacayo del sistema. El cuarto año es el del burócrata, que organiza conferencias internacionales para pasar de los aspectos científicos a la reglamentación. En el quinto año, se trata de identificar al culpable de todo y sancionarlo. Habitualmente son los Estados Unidos, pero también Rusia (los CFC y el ozono) o el Brasil (la deforestación). El sexto año es el de los escépticos, que dicen que no hay para tanto. Los radicales se indignan y se quejan que los medios se hagan eco de posturas marginales contrarias al “consenso científico”. Pero en ese momento, el científico que dio la alarma suele encontrarse ya entre los escépticos. Finalmente, al séptimo año, toca hacer marcha atrás silenciosamente, y con mucha discreción se adopta la conclusión de que el problema no era tan grave. ¿Ha muerto ya el catastrofismo climático?  
No, no ha muerto. Las industrias de energía eólica y solar en Europa llevan varios años de desastre económico y bursátil, por lo que necesitan más que nunca subvenciones para sobrevivir. Las subvenciones públicas sólo tienen como excusa el bien público, es decir, liberarnos del demonio del CO2. Con la industria nuclear, sobre todo en Francia, pasa lo mismo.