Rodearse solo de personas inteligentes puede conllevar la soledad. Pero cuando una sociedad impone el peor de los totalitarismos no cabe otra opción: el que despoja a la persona de su historia y fomenta los bajos instintos. Entonces puede no quedar otra opción.
Está claro que una persona izquierdista no puede ser
inteligente.
Es el momento del dominio total de los llamados
izquierdistas. Son los nuevos fariseos. Quieren para los demás lo que no
quieren para ellos. Creen ir por la vida libres de prejuicios y cuando se los
muestras se enfurecen como las bestias en la que se han convertido.
El izquierdista puede ser o no ser religioso. Cuando es
religioso roza la imbecilidad. Y cuando no lo es la ignorancia absoluta.
Asevera de modo simultáneo tesis excluyentes. Puede ser demócrata
o no, por ejemplo, según su conveniencia.
Ignora la noción de creatura y de creador para su
desgracia.
Cree que al distinguir entre una doctrina y sus aplicaciones
ya ha resuelto todas sus contradicciones y lo único que ha logrado es persistir
en su error.
No hay coincidencia alguna en estas personas entre (a) lo
que creen, (b) lo que dicen creer y (c) lo que creen creer.
Al final su vida se centra en el negocio y en el coito.
Es tan tonto que piensa que el derechista es inferior a él.
Cuando son lo mismo, pero con cierto retraso. El narcisismo de las pequeñas diferencias.
Ambos sonríen solo cuando buscan votos.
Ignora que las revoluciones todas son fenómenos de odio anticatólico.
Su ideal es prolongar la vida, evitar el dolor y satisfacer
el vientre y el sexo. Aunque para ello haya que asesinar fetos.
El mejor izquierdista es el arrepentido, el que ha dejado
de serlo porque ha descubierto la falsedad de todas las soluciones que se ha dedicado
a apoyar.
Si no hubieran desaparecido el campesino (el mundo rural)
y las humanidades clásicas nunca jamás habría surgido esta estirpe infecta.
Le molesta el repique de campanas, el rezo del Angelus y
todos los ritos salvadores.
Se queda pasmado y estulto cuando se le muestra la admiración
infinita de Marcel Proust por la eficacia salvadora de la liturgia católica. No
digamos ya cuando le haces leer la carta de Lorca sobre este asunto.
Si además de izquierdista se dice cristiano estamos ante
el tonto útil por excelencia.
Seres vulgares que se ignoran. Que ignoran su
ignorancia. Han conseguido elevar la compasión a causa ideológica.
Si son ateos adoran el islam. Más que tontos son blasfemos.
O ayudan a cometer crímenes o se dedican a defenderlos.
Fascista es el apodo con la que denigra a
sus congéneres. Lo de Pasolini: el fascismo de los antifascistas.
Como dice NGD la difusión de unas gotas de cristianismo
en una mente izquierdista transforma al bobo en bobo perfecto.
Pretenden que perdonar implica negar el delito.
Cuidémonos de no convertirnos en el mero revés de este repulsivo adversario.