jueves, 5 de noviembre de 2015

Anticristianismo y anticristiandad

Mark Greengrass ha estudiado el fin de la cristiandad entre 1517 y 1648. Efectivamente, después de esa fecha ya no puede hablarse de cristiandad en Europa: empezó una nueva época. ¿Es lícito identificar cristiandad con cristianismo? Kierkegaard, experimentó existencialmente que eso no es posible. Y parece que tenía razón.
¿Pero cómo podríamos caracterizar esa nueva época, en la que todavía estamos, y no sabemos por cuánto tiempo? ¿Cómo postcristiana, no cristiana o, directamente, anticristiana? Anticristiana, en principio, no podemos denominarla porque no se puede identificar, sin más, cristiandad y cristianismo. En todo caso sería anticristiandad.
Veamos, por ejemplo, ciertas formulaciones de Nietzsche en La voluntad de poder donde se puede ver cómo el pensador  más anticristiano junto con Marx, distingue entre Jesucristo, lo cristiano, primer cristianismo, cristianismo, Iglesia…
¿Qué es lo que ha negado Cristo? Todo lo que hoy se llama cristiano.
 Lo cristiano es la perfecta indiferencia contra dogmas, culto, sacerdotes, Iglesia, teología.
El ladrón en la cruz: cuando el mismo criminal que recibe una muerte dolorosa, juzga: «Solo este Jesús que sin protesta, sin rencor, con bondad, resignadamente, sufre y muere es el justo», ha afirmado el Evangelio: y con ello está  en el Paraíso...
Jesús dijo: no se debe ofrecer resistencia ni de hecho ni de corazón a los que nos hagan mal. No se debe reconocer ningún motivo para separarse de su mujer. No hay que establecer ninguna diferencia entre forasteros y naturales, extranjeros y compatriotas. No hay que encolerizarse contra nadie, no hay que menospreciar a nadie. Dad limosna en secreto. No hay que querer hacerse rico. No hay que maldecir. No hay que juzgar. Hay que olvidar y perdonar. No orar en público. La «bienaventuranza» no es solo una promesa: existe desde el momento en que se vive y se obra conforme a tales máximas.
Jesús opuso a aquella vida ordinaria una vida real, una vida en la verdad: nada está más lejos de él que la inmensa estupidez de una eterna sucesión personal. Lo que él combate es la conversión de la «persona» en algo importante: ¿cómo puede entonces querer eternizarla?
Combate igualmente la jerarquía dentro de la comunidad: de ninguna forma promete una proporción de salario de acuerdo con el rendimiento: ¡cómo puede haberse referido a premio y castigo en el más allá!
Esto es lo gracioso del asunto, una gracia trágica: Pablo reprodujo, en gran estilo  precisamente, lo que Cristo había anulado con su vida. Finalmente, cuando la Iglesia estuvo lista, llegó incluso a tomar bajo su sanción la existencia del Estado.
La Iglesia es exactamente lo contrario de lo que Cristo había predicado y contra lo que había enseñado a luchar a sus discípulos.
La vida ejemplar consiste en el amor y la humildad; en la plenitud de corazón que no excluye ni a los más insignificantes; en la renuncia formal al querer-tener-la razón, a la defensa, a la victoria en sentido de triunfo personal; en la creencia en la bienaventuranza aquí en la tierra, a pesar de la miseria, los antagonismos y la muerte; en la mansedumbre en la ausencia de ira, de soberbia; en no querer ser recompensado. Ni ligarse a nadie; en el más espiritual abandono del señorío; en el orgullo de una vida voluntariamente vivida para los pobres y los servidores.
Después de que la Iglesia se había dejado arrebatar toda la praxis cristiana y hubo sancionado la vida dentro del Estado, aquella clase de vida que Jesús había combatido y condenado, tuvo que depositar el sentido del cristianismo en otra parte; en la creencia en cosas increíbles, en el ceremonial de rezos, veneraciones, fiestas, etcétera. El concepto «pecado», «perdón», «castigo», «recompensa» — todo poco importante y casi excluido del primer cristianismo— adquiere ahora la mayor importancia.
(Heidegger, piensa que  el anticristianismo de Nietzsche sigue preso del cristianismo, precisamente por limitarse a proponer lo inverso. Heidegger piensa en la necesidad de la confrontación con el cristianismo pero para liberarse de él definitivamente.)
Ahora bien, puede decirse que la vigencia de la cristiandad sociopolítica permitía – aunque no garantizaba- la existencia del cristianismo. Eso ahora no está tan claro que pueda suceder. Porque el nuevo régimen, ¿en qué relación se encuentra con el cristianismo toda vez, que, a veces, parece resueltamente el reverso o el inverso de la cristiandad?
No sería muy difícil demostrar que el régimen vigente a la par que hunde sus raíces en los mismos principios que dieron origen a la cristiandad, intenta, al mismo tiempo, por paradójico que pueda resultar, poner en marcha un “programa” sociopolítico y cultural basado en principios, explicita o implícitamente, contrarios o inversos a los de su precedente. Sus principios son exactamente la negación de los anteriores. Estos, sus principios, no podrían haber dado lugar a ninguna cultura (por distinguir con Spengler entre cultura y civilización), porque no son capaces de crear nada al ser puramente negativos. Son parasitarios de los positivos.
Se definen por oposición, por negación. Viven a costa de los valores que dieron origen a lo que llamamos cristiandad. Y que ha quedado aniquilada hasta no sabemos cuándo.
¿Cómo ha podido ocurrir una cosa así? ¿Hay precedentes en la historia de las civilizaciones de una tan radical y extrema inversión de los valores fundantes de una cultura? ¿Cómo puede vivir un régimen de la negación de los valores del régimen al que ha suplantado? ¿No se está produciendo una gran equívoco o colosal malentendido?
Desde un punto de vista lógico racional a priori una cosa así no puede ser posible. Sí sería imaginable una transvaloración de todos los valores, al estilo Nietzsche, pero no una inversión mecánica, que es lo que parece que está ocurriendo desde hace 500 años y que podría seguir otros 500 años. Porque está inversión opera en todos los contextos en los que puede: cosmológico, natural, económico, familiar, social, cultural, político, estético, ético y religioso. Y, probablemente, no ha acabado con su insidiosa rutina.
En el cuadro siguiente, se muestran algunos ejemplos de la inversión radical de todos los valores efectuados durante la hegemonía de la postcristiandad.
(Aunque no han dejado de haber durante estos últimos siglos intentos de mediación y de superación de la contradicción extrema en la que nos encontramos, podría ser que esos esfuerzos fueran vanos. Habría que aceptar, por ejemplo, como válida la dialéctica de Hegel, y eso no es posible, porque la citada dialéctica ha tomado ya partido por la inevitabilidad de la inversión o negación de todos los valores.)


Cristiandad hasta siglo xvii
Postcristiandad desde siglo xvii
cosmológico
Geocentrismo, tiempo absoluto
Heliocentrismo, tiempo relativo
naturaleza
Creacionismo, alma, cuerpo
Evolucionismo, materialismo, reduccionismo
económico
justicia social, cuidado de los pobres, propiedad
socialismo, comunismo, estatalismo, populismo
familiar
varón, mujer, amor, matrimonio indisoluble, concepción libre, procreación
divorcio, anticoncepción, aborto, sexo, difuminación de la diferencia sexual
social
orden, armonía, libertad
oposición, exaltación de todas las contradicciones posibles, lucha, revuelta, rebelión, revolución, liberalismo
cultural
verdad absoluta o única
relativismo, verdades relativas o muchas verdades
político
jerarquía, trono, altar
democracia, república, laicismo
estético
clasicismo, belleza
rupturas del canon, vanguardias, feísmo
ético
bien objetivo, virtud, cuidado de la vida, vida humana sagrada
objetivismo, transgresión, permisividad, liberación sexual, eutanasia, vicio, sacralización de la vida no humana
religioso
Dios, dogma, transcendencia, ortodoxia
hombre, heterodoxia, inmanencia, todo vale excepto el dogma

Cualquiera que quiera moverse –en el momento presente- dentro de los valores de la izquierda de la tabla tendrá serios problemas de inadaptación social y personal. Aunque se encuentre en instituciones “presuntamente” conservadoras. Será reaccionario o integrista. (¿Católico, feo y sentimental?) Ultraconservador, tradicionalista. (Sólo se sentirá libre leyendo a Sócrates, Epicteto, Longino, Cicerón, Séneca, Dante, Pascal, Kierkegaard, Dostoievski, Donoso Cortés, De Maistre, Chesterton y todos los antimodernos.)
 Querámoslo o no, sepámoslo o no, todos somos postcristiandad y la mayoría de las personas son, además, anticristianos. Pues los valores de la derecha de la tabla son anticristianos. ¿Es posible, todavía, el cristianismo en un mundo, literalmente, fundado sobre la demolición de la cristiandad? No veo cómo. Porque, incluso, los que experimentamos un malestar insoportable estamos infectados, por 500 años de intoxicación y corrupción. La cosa ha llegado a su cima: Usura, Lujuria, Soberbia  (T. S. Eliot) y Mentira. Son los dioses a los que la postcristiandad sirve y adora. (El sometimiento a la técnica es la consecuencia: somos esclavos de la técnica por esa idolatría.) La civilización ha decidido no servir a Dios, y ha caído en la servidumbre más extrema: la de servir a la mentira. Hoy todo está fundamentado en una gigantesca mentira. Todo está falsificado. Y la verdad brilla por su ausencia.

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