Lars Ejnar Mikkelsen, formidable escritor danés, escribió este breve relato poco antes de morir.
Me parece asombroso y creíble.
El caso es que había tenido ciertas inspiraciones o iluminaciones. Pero las había tomado como ideas fantasiosas, ficticias. Megalomaníacas incluso. Todas versaban sobre su extraño papel como sujeto histórico en el momento presente.
El papa, en cambio, sí había
tenido verdaderos sueños inspirados. ¡Y aparecía él en ellos! Con su nombre y
dirección.
Fue llamado a Roma.
Debería compartir -le dijeron- con
su santidad sus “ficciones”. Obedeció.
El sistema de trabajo elegido
sería: el papa preguntaría y él respondería.
Las “ficciones”, pues, no habían
sido ficciones. El romano pontífice se lo aseguró.
Todas versaban, ya ha quedado
dicho, sobre la hora presente desde el punto de vista de la salvación de la
humanidad.
Además, fue nombrado cardenal sin
atributos. Sin atuendos tampoco. En un consistorio secreto e individual. Solo
para él.
Después de la semana de retiro
pasada con el papa siguió haciendo la misma vida que antes. Oftalmólogo. Casado,
hijos, nietos… Un amor secreto y puro.
Nadie -salvo ellos dos- sabía lo
que había ocurrido entre esos muros, pero el papa, poco después, hizo y dijo y
dejó de hacer ciertas cosas que a él no le pasaron inadvertidas.
Sí, a la mayoría. Porque nadie se
asombró de nada.
Lo del cardenalato era lo más estrambótico
por su peculiaridad. No le permitiría participar en ningún cónclave, pero le
capacitaba -eso sí- para ser elegido papa.
Y eso es lo que terminó
ocurriendo.
Cómo pudo ocurrir tal cosa nunca
lo supo. Me refiero a los detalles y a las conspiraciones necesarias. No había vuelto
a tener noticias del papa.
Aunque sí notó, como he dicho, ciertos
cambios sutiles en la gobernanza global de la iglesia católica, pero ni
dramáticos ni contundentes.
Me ahorro, por tanto, los
detalles de la elección.
Eligió el nombre de Pedro María.
Y durante menos de una hora
declamó orbi et orbe todo el programa de su escatológico pontificado.
Lo único excepcional era que todo
el mundo le entendía en su propia lengua materna. Y eso daba toda la
verosimilitud a su postura, posición y mandato.
Primero explicó la elección del
nombre. Pero no su novedosa forma de vestir. Una túnica como la de Pedro. Al
parecer se conservaba -de un modo secreto- por cierta comunidad escatológica desconocida.
Dijo ser el último papa de un
ciclo que concluirá con la presencia salvífica -y visible por todos- del
Redentor.
La sede de la Cristiandad se trasladaría,
entre tanto, a Jerusalem.
Quedará proclamado el último
dogma por proclamar. El quinto.
Santa sede y Vaticano y colegio
cardenalicio quedan suprimidos y eliminados del cuerpo místico.
El último concilio queda sin
efectos espirituales.
Se establece como única Misa la Misa
verdadera.
Se convoca a todas las órdenes
religiosas a unificarse.
La vida parroquial se erige como
verdadera célula viviente de la iglesia universal.
Hizo un llamamiento a todas las
confesiones cristianas a integrarse en la única iglesia universal.
Anunció que la profecía de Pablo
hecha en Romanos se cumpliría en la hora presente. El resto del que habla Pablo
queda integrado -ya para siempre- en el cuerpo místico de Cristo.
La humanidad entera debe
prepararse para un acontecimiento que sobrevendrá cuando todo el programa -aquí
resumido- sea cumplido.
La única prueba
que os doy es que me estáis entendiendo todos y cada uno en vuestra propia
lengua. Dijo, y bendijo de un modo nuevo pero antiguo a toda la
humanidad.
Después se trasladó a Jerusalem.
Y empezaron a ocurrir unas cosas
inimaginables. Para empezar, en todas aquellas comunidades, sociedades,
naciones o países que creyeron inmediatamente en la alocución de Pedro María,
se vaciaron de enfermos todos sus hospitales, residencias y centros de salud.
El milagro fue universal y fulminante.
Pero no todo iba a ser fácil y
fluido.
Comenzó una batalla feroz. A vida o muerte. Aunque ambos contendientes sabían de quién sería la victoria final.
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