martes, 11 de diciembre de 2018

Paradojas reaccionarias

No hay nadie --ni grande ni pequeño-- que no haya dicho con vehemencia --en algún momento-- lo contrario de lo que en otro momento afirma, con la misma vehemencia.

Desde hace algunos siglos los pensadores más influyentes se dividen entre: (1) los que creen que en el Paraíso Terrenal Dios dijo la verdad y la serpiente mintió; y (2) los que creen que la Serpiente fue la que dijo la verdad.

Descartes se dio cuenta, y así se lo confesó por carta a un amigo, que si la tierra estuviera fija todos su sistema filosófico se vendría abajo. Esto, ahora, es verdad --también-- de todos los sistemas filosóficos subsiguientes.

La civilización actual se sustenta en un conjunto de afirmaciones tan dependientes unas de otras, que con que solo una se verifique falsa, todo el edificio se viene abajo. Sansón a la espera....

Desde Lutero ha emergido un nuevo tipo de personalidad que es capaz de conjugar --a la vez-- lo más grandioso y lo más abyecto. Y esto no tiene pinta de cambiar: cada vez se da más este tipo de seres.

Marx en su primer ensayo conocido se manifiesta como un fervoroso cristiano. (Esto no le asombra a nadie, pero a mi muchísimo. Porque no fue una persona común.) ¿Quién no te dice a ti, que en los momentos finales de su trabajada vida intelectual (horas, días, semanas, meses) no volviera a lo mismo? Imaginemos que apareciera un manuscrito --que lógicamente-- Engels habría tenido buen cuidado en ocultar, y, ese manuscrito, conectara con su inicial inspiración o misticismo cristiano. ¿Qué? ¿Todo seguiría igual? Imposible.

Si Jesucristo no ha resucitado, vana es nuestra fe. Pero si sí ha resucitado, entonces, vanas serían todas las filosofías.

Solo nos va quedando la paradoja.





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