martes, 28 de abril de 2026

Apotegmas del alma (III)

El cuerpo no sabe que es cuerpo. El alma sabe que es alma. La mente puede llegar a saber que es mente gracias al alma.

Sin alma no habría ni conciencia intelectiva ni conciencia moral.

El alma actúa como ángel de la guarda del ser humano.

El alma vive en Dios y lo sabe.

El alma conduce, guía, orienta, unifica e indica el camino por el que debe transitar la persona entera.

Se oculta, pero no se aparta.

Cuando el salmista dice que mi alma tiene sed del Dios vivo eso quiere decir que el alma ha conseguido su propósito y es el ser humano completo quien tiene sed del Dios vivo.

En los artistas se puede notar la presencia e influencia total del alma en sus obras (Bach, Mozart, Beethoven) o solo la presencia parcial.

Las experiencias cercanas a la muerte son epifanías de la propia alma.

El alma presiente, anticipa y puede llegar a profetizar.

No está localizada ni en el espacio ni en el tiempo.

Puede darse el caso de que algunos pierdan su alma en esta vida. Mysterium iniquitatis.

Sin alma el ser humano sería infinitamente más simple.

Las naciones no tienen alma, pero sí mente colectiva. Salvo tres: los chinos, los griegos y el pueblo judío. Por eso no se descomponen, ni se disgregan ni mueren.

El alma es inmortal.

Quien profiere es el logos iluminado por el alma.

El alma llama callando y empuja sin decir cosa alguna. Es presencia pura.

El alma sabe que es alma. El hombre sabe que es hombre, aunque ignore que habita en un alma. ¿Por qué lo ignora? Eso es un misterio.

Al alma se llega.

No hay itinerario. Es un salto. Si no hay salto no se llega. No es posible evolución alguna.

Cuando se alcanza la consciencia del alma propia todo cambia. Conversión. Catarsis. Mutación. Metamorfosis.

La ciencia atribuye al psiquismo superior aspectos que son propios del alma porque se niega a reconocer su realidad. El “ateísmo” del alma.

Analogías entre el ateísmo y el “ateísmo” del alma. ¿Por qué no ha habido un Nietzsche de la muerte del alma? No ha hecho falta: la ciencia empírica y la formal se han encargado del eclipse del alma.

El alma no es un epifenómeno del psiquismo superior ni un efecto secundario o correlativo ni paralelo al psiquismo superior. Es una mónada divina.

Marta es la mente y María el alma.

El alma no aprende: sabe todo lo que tiene que saber desde su nacimiento. No progresa, pues.

Silenciosa, paciente, humilde e imperturbable. Como el Hijo de hombre no ha venido a ser servida sino a servir.

Se muestra y nunca se nombra.

Enseña a no temer.

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