miércoles, 1 de noviembre de 2023

Sincronicidad actual

 

Aquel día tardé en contactar con atención al cliente de Gen__ para finalizar los trámites de la reparación de una tubería del garaje que nos propició elevadas e inusitadas facturas de agua. Una de esas vicisitudes que ocurren y forman parte de las sorpresas con que nos obsequia algún amanecer que otro.

Habíamos remado mucho para llegar a esas orillas calmas después de que el seguro reparase la fuga, cuando una amable señorita al otro lado del teléfono me pidió el número de carné para identificarme como asegurado.

Cuando se lo di, la gentil operadora creyó identificarme con mi nombre:

-Correcto, caballero, es usted entonces Pedro Fernández Labrador.

Cuando con la identificación de mi carné esperaba escuchar como de costumbre mi identidad, apenas reaccioné al escuchar el nombre de mi padre fallecido hace más de tres años. Al poco, más consciente de ello, respondí que no era mi identidad sino la de mi padre. Al momento la amable señorita asintió y dijo que, efectivamente, mi número de carné de identidad estaba reflejado en la base de datos a nombre mío. A continuación, despachó mi consulta y nos despedimos.

Al colgar fue cuando fui aún más consciente de lo extraño que era dar mi número de DNI y que en la base de datos apareciera el nombre de mi padre, aunque fuera fugazmente porque luego la identificación fue normalizada. Así que con esa duda sobre un algo asombroso e indefinible que era escuchar el nombre de mi padre cuando sabíamos la familia que no se había asegurado allí, tomé el teléfono de nuevo para llamar a Gen_____ En esta ocasión me atendió otra amabilísima operadora:

-Buenos días, señorita, le llamo porque acabo de gestionar un siniestro con una compañera suya y me ha pasado algo harto extraño que necesito aclarar. Al dar el número de DNI mío, su compañera me ha identificado con mi padre, Pedro Fernández Labrador, que falleció en marzo del 2020 con los primeros coletazos del coronavirus.

-Por favor, dígame su DNI-tomó la iniciativa la amable señorita que me escuchaba con atención.

Al dárselo apareció en la base de datos mi nombre de nuevo, sin ninguna mención a mi padre.

-Muchas gracias, señorita, así es como debería haber sido al principio. Le ruego que me comprenda pues estoy muy sorprendido de que haya salido el nombre de mi padre al facilitar anteriormente mi DNI. ¿Sería usted tan amable de decirme si hay algún asegurado a nombre de mi padre Pedro Fernández Labrador?

Al poco, con exquisita afabilidad la operadora me confirmó que, efectivamente, estaba asegurado un inmueble de 4 plantas en una calle de Leganés a nombre de mi padre. Lo que me resultó epatante porque mi padre había dejado inmuebles en herencia, pero que supiéramos la familia, ninguno en Leganés. Así se lo expliqué a la operadora y le enumeré las sorpresas que me producía todo aquello:

1-Lo muy extraño que resultaba dar mi número del DNI en la primera llamada y aparecer el nombre de mi padre en vez del mío, para que de inmediato la base de datos reflejara correctamente mi identidad.

2-Llamar por segunda vez y descubrir que mi padre estaba asegurado en G____ cuando entre sus documentos no pareció ningún seguro con esta compañía.

3-Además, un seguro por un edificio de 4 plantas radicado en Leganés, ciudad en la que mi padre no tenía ninguna propiedad.

4- Si mi padre había fallecido en marzo del 2020, ¿cómo era posible que siguiera en vigor el seguro y que se estuvieran pagando los recibos durante los años posteriores y estuviera listo para renovación?

La mujer se contagió de mi extrañeza y solidariamente, con una humanidad excepcional, me sugirió ponerme en contacto con una persona intermediaria que llevaba los asuntos de mi padre más de tres años después de su marcha. Me facilitó el teléfono de contacto en tanto tomaba creciente consciencia de que lo que estaba viviendo poseía un misterio de cariz intimista, tratándose de mi querido padre que de repente volvía a tomar un marcado protagonismo más allá de la nostalgia y del recuerdo imperecedero de todos los días.

Inspiré profundamente y marqué el teléfono del intermediario de mi padre sobre una propiedad en Leganés de la que nadie tenía la menor noción, según me comentaron mis hermanos a quienes puse en antecedentes de lo que había sucedido al llamar al seguro. Me atendió un hombre con quien tuve un rápido intercambio de información respondiendo con brevedad a mis preguntas, después de narrarle el porqué de mis indagaciones. La persona que me respondió, también con suma amabilidad, estaba a punto de recoger a sus hijos del colegio y nos emplazamos para una hora más tarde con una llamada en la que me ayudaría a solventar mis dudas.

Previamente me ratificó conocer a mi padre Pedro Fernández Labrador, aunque quien más le había tratado era su propio padre que había fallecido en el 2022. Nos dimos mutuamente el pésame y me comunicó comprender el encadenamiento de extrañezas que me habían llevado hasta él.

Apenas una hora después me llamó desde el despacho dispuesto a hojear los expedientes y documentos relacionados con mi padre y el seguro que se estaba pagando puntualmente hasta ese mismo momento, más de tres años después de su muerte, enterrado en soledad y sin poder velarle, como a mi suegro un mes después.

Con afabilidad dijo recordar a un hombre muy amable que pasaba por el despacho de su padre y que ese inmueble estaba asegurado durante décadas, aunque se había cambiado varias veces de compañía de seguros. Además, se extrañó porque pensaba que mi padre estaba vivo, aunque no recordaba bien la última vez que lo vio en aquellas esporádicas visitas al despacho.

-Efectivamente, es Pedro Fernández Labrador que tiene el inmueble en la calle ______ de Leganés. A unas dos manzanas de mi despacho.

A continuación, me recitó el DNI de Pedro Fernández Labrador… cuya numeración no coincidía con el DNI de mi padre. Y ahí el misterio parecía tornarse aún más sorpresivo porque al decirme la fecha de nacimiento tampoco había coincidencia y, además, la otra persona que se llamaba y apellidaba como mi padre, Pedro Fernández Labrador ¡estaba vivo! Por un momento, con esa extraña confusión de un sortilegio infinito, mágico e inesperado, una sola décima de segundo creí sentir que Pedro Fernández Labrador volvía a estar vivo.

Pedro Fernández Labrador era otra persona con la misma identidad formal de mi padre. Un Pedro Fernández Labrador cuya tumba visitaba con su nombre tallado para llevarme conmigo la helada vibración de una amargura contenida, porque la existencia te obliga a formalizarte con la tragedia y a tragarte la pena para seguir lidiando con los problemas, como fue esa fuga de agua que me llevó sorpresivamente a mi padre. A veces había tenido sueños de los que me despertaba con la realidad de mi padre vivo, antes de sucumbir en este mal sueño que es cada amanecer sin él.

Una vez me despedí de aquella buena persona que como la operadora se había volcado en ayudarme, pude recapitular sobre lo que había vivido con un inesperado frenesí de templanza… ¡cómo expresar las emociones de esos momentos en que perseguí amorosamente a mi padre!

Aquietado, examiné los hechos:

1-Llamé para informarme sobre la reparación de una fuga de agua y al dar mi DNI me identifican como mi padre. Al instante la operadora al volver a introducir los números me comunica que en realidad se corresponde con mi nombre.

2-Llamo extrañado por la aparición del nombre de mi padre y descubro que figura como asegurado. Lo que no explicaría que al dar mi DNI saliera en la base de datos él.

3-Me entero de que el seguro cubre un edificio de 4 plantas ubicado en Leganés y que se siguen pagando religiosamente los recibos, años después de fallecer mi padre.

4-La operadora me facilita la localización del broker que se supone intermedia para pagar el edificio asegurado en Leganés.

5-Redundo en la extrañeza de que mi padre pague un seguro después de fallecer y en una localidad donde la familia no conocía propiedad alguna.

6-Con el intermediario descubro que hay otra persona llamada Pedro Fernández Labrador pero que no es mi padre y además sigue vivo.

Y me digo que puede ser que exista una persona que pase por la vida con el mismo nombre y apellidos de otra. Puede ser que existan esas casualidades y que estén más cerca de lo que pensamos. Pero no dejo de preguntarme por qué apareció fugazmente en el ordenador de la compañía de seguros el nombre de mi padre cuando me estaba identificando con mi DNI… Para luego comprobar que sí existía un asegurado con el nombre de mi padre creyendo que era él mismo porque… ¿cómo iba a sospechar que alguien se llamase igual? ¿Es posible tal sucesión de inteligentes casualidades?

 Ignacio Fernandez Candela (ÑTVEspaña)

 

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