martes, 2 de abril de 2013

El proyecto cognoscitivo de Juan de la Cruz


Resulta intrigante la unanimidad que provoca la obra de san Juan de la Cruz en todo tiempo y lugar. ¿Cómo es posible que después de tantos años su presencia, lejos de diluirse, se afiance? ¿En qué consiste su actualidad permanente? ¿Cuál es la clave que explica su capacidad de diálogo con el hombre contemporáneo?
 ¿Cuál es su secreto?
 Lo que san Juan propone insistentemente es una construcción continua y masiva de esquemas u operaciones intelectuales libres de contenido. Porque es posible encontrar, siempre, una representación más abstracta -más libre de concreción aunque nunca enteramente exenta- que la anterior, capaz de ofrecer, incluso, nuevos matices intelectivos antes inadvertidos. El proceso es inacabable pues sólo cabe concebir (no lograr), y, en el límite, una forma completamente exenta de contenido o vacía.
Hay un puñado de ideas en su "epistemología" que sólo ahora pueden ser reconocidas y valoradas. Cada una requiere un comentario aparte pero antes las vamos a presentar en conjunto.
1) El proceso cognoscitivo es evolutivo y culminante.
2) La cognición tiene una componente social fundamental que se expresa en la relación guía-guiado. Hoy diríamos el  mentor o mediador existencial.
3) La consideración de los errores como fuente de desarrollo.
4) El problema de los límites del conocimiento.
5) La polivalencia de sus recursos operacionales: analógicos, paradójicos, lógico-formales, dialéctico- relativistas, intuitivos o abductivos.
6) La vinculación dinámica entre lo ético y lo estético.
7) La complejidad de la relación mente-materia.
8) La complejidad dialógica entre el pensamiento y su expresión: lo que está más acá-más allá del lenguaje. 
9) La dialéctica entre el conocimiento figurativo y el operativo y su adecuada jerarquía evolutiva.
  
He ahí su secreto, un triángulo: palabra, acción y pensamiento.
Todo aquél que construye su vida sobre estos tres vértices, difícilmente sucumbirá a los embates del tiempo, ni perderá la vigencia, negada a la mayoría de las biografías conocidas.
     ("Dos triángulos son semejantes si los tres lados de uno son respectivamente iguales a los tres lados del otro", dice un teorema).
 ¿Qué es lo que permanece fresco o invariante a pesar de los renuevos, las novedades, los hallazgos y los descubrimientos?
 Nada que pueda percibirse porque se trata de la raíz armoniosamente dispuesta.
     ("Si dos triángulos son iguales, sus ángulos correspondientes son iguales", dice otro teorema).
Aunque, probablemente, no deberíamos hablar de triángulos sino de triedros de caras transparentes, abiertas al espacio infinito.
Las palabras escritas deben permitir la interpretación y la búsqueda de sentidos nuevos; la posibilidad de ir más allá de la literalidad mediante una reconstrucción activa. Palabras que resuenen en el interior de cada uno para ser escuchadas allí, de nuevo, en sentido propio. Palabras que desencadenen operaciones cognoscitivas cada vez más complejas, de un orden cualitativo cada vez mayor, si se quiere mantener lozana la plurisignificatividad sin sentir el escozor irritante de la incertidumbre proyectada.
No se trata, aquí, de reducir o deshacer la ambigüedad, tampoco de crearla artificiosamente, sino de descender graciosamente a las entrañas del sentido sin mancharlo, alterarlo o apropiárselo.
 De la visita no debe quedar más rastro que el del águila en los aires.
 Pero, ¿no era la cognición, evolutiva y potencialmente culminante? Acaso las formas más avanzadas de pensamiento no necesitan construirse en la relación social asimétrica. Si cada etapa prepara la siguiente, ¿cómo no asumir el carácter creador de los errores de paso cometidos? Señalar los límites nos abre tanto la posibilidad de rebasarlos como la de aceptar las limitaciones de nuestro conocimiento presente. ¿En qué momento nos identificaremos con los límites y ya no será posible, entonces, ir más allá de ellos? ¿Qué sensación nos procurará ese instante en el que ya no será posible ampliar nuestro campo cognoscitivo?
En la casa del pensamiento hay muchas moradas pero con dificultad vemos sus conexiones. Conviven lo lógico-formal con lo dialéctico, lo analógico con lo paradójico, lo estético con lo ético, lo abductivo con lo estructural, los procesos materiales y los procesos socio-históricos...Pero, ¿de qué modo?
La inmarcesibilidad de san Juan de la Cruz está en su epistemología, insuficientemente explicitada hasta la fecha, debido, probablemente, a su dificultad o complejidad.
 Su pensamiento es mucho más que dialéctico, es dinámico. Siempre está en movimiento. Por una de esas situaciones engañosas a las que tanto nos cuesta sustraernos, se confunde dramáticamente estos dos conceptos, cuando la dialéctica es sólo una de las expresiones del dinamismo radical del pensamiento en acción. Hay otras formas de expresión del dinamismo cognoscente que no tienen por qué reducirse a la dialéctica y menos si ésta es de corte hegeliana.
En san Juan de la Cruz la búsqueda de oposiciones es constante. Nunca se preconiza, sin embargo, la síntesis como estado culminante, sino el trascendimiento de un estado inferior en otro superior, mediante la negación del primero en cuanto modo de conocer relativamente imperfecto con respecto al segundo. Así ocurre con el conocimiento figurativo y el operativo.
Si bien se aspira a un conocimiento de lo absoluto, el conocimiento, en sí mismo, no es lo absoluto, puesto que es una actividad que siempre tendrá un carácter incierto. La incertidumbre es aceptada, así, como característica constitutiva de todo proceso cognoscitivo. ¿Cómo, pues, mediante lo incierto puede alcanzarse la certeza absoluta? Si es  que fuera posible tal cosa, nunca lo sería de una vez por todas. Tan sólo el continuo vaciarse, la renuncia constante a aceptar una última versión de lo conocido impedirá que caigamos en la ilusión de la culminación absoluta: bien sabía él que los maitines gloriosos tan sólo se alcanzan después de morir. No hay más meta que la muerte en cuanto principio del reposo absoluto. Quien aspire a lo más alto debe estar siempre en vuelo, sin dejar, además, rastro alguno de su vuelo ni a sí mismo ni a otros. Cada vuelo tiene la propiedad de lo único, irrepetible y virginal.

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